Fotografía

Welcome to Lipstick


2010

Estas fotografías fueron tomadas en la Red Zone cerca de la frontera de México con Estados Unidos donde las sexo-servidoras viven aisladas y ocultas detrás de muros. Alguna vez fue un lugar muy concurrido, y ahora es un territorio violento y sin ley, que muy pocos se atreven a visitar. La mayoría de los habitantes ha migrado a otros estados del país, quedando solo aquéllos atrapados por su pasado, por su historia, por algún amor, o por la imposibilidad de salir de ahí. A pesar de esta visible decadencia, la necesidad de estas mujeres por sobrevivir mantiene viva la zona. Lo que un día fue un lucrativo negocio de prostitución, hoy es un pueblo devastado.

 

¿Cómo se crean las “zonas de tolerancia”?

Fabiola Bailón Vásquez
Posdoctorante del Instituro de Investigaciones Históricas, UNAM

Las llamadas “zonas rojas” o “zonas de tolerancia” son lugares cerrados y específicos para el ejercicio de la prostitución, que tienen sus orígenes en el sistema reglamentarista. Este sistema se puso en práctica en México desde mediados del siglo XIX, cuando Maximiliano de Habsburgo, preocupado por proteger a sus soldados de las enfermedades venéreas, consolidó toda una serie de medidas higiénicas, legales y administrativas, dirigidas a la vigilancia y al control, tanto de las matronas y prostitutas, como de los espacios en los cuales se debía ejercer la prostitución.

Con ellas, las mujeres dedicadas al comercio sexual quedaron sometidas al cumplimiento de deberes y obligaciones, registradas, clasificadas (en primera, segunda y tercera clase) y controladas a través de un libreto. Asimismo, se establecieron burdeles “oficialmente tolerados”, que se pretendía sirvieran como espacios “ideales” para el ejercicio de la prostitución sin peligro venéreo y sin amenazar la estabilidad patriarcal, es decir, que fueran funcionales para salvaguardar la salud de los clientes, pero además, que se usaran para administrar lo visible y lo invisible y para gobernar las conductas de las mujeres que en ellos residían. [1]

Los prostíbulos debían ocultar su verdadera función, por lo cual, desde esa época se estableció que no llamaran la atención para no interferir con la vida social de la ciudad. Para poder abrir un burdel o casa de tolerancia era necesario que la petición se hiciera por escrito con la aprobación del propietario o dueño, el cual podía instalarlo prácticamente en cualquier zona de la ciudad.

Hasta bien entrado el siglo XX no existieron áreas específicas para el ejercicio de la de prostitución en la Ciudad de México, sino únicamente prohibiciones para que se instalaran burdeles en determinados lugares. Posteriormente, hacia 1926, el reglamento de prostitución incluyó un apartado sobre las “zonas de tolerancia”, con lo cual, el Gobierno y el Ayuntamiento se adjudicaron la tarea de señalar espacios específicos para la instalación de las casas o cuartos dedicados a la venta de los cuerpos,[2] aunque muchos en realidad se conformaran por “la costumbre”:

Estimamos pues que las zonas deben ajustarse a las circunstancias del medio, ya que en ese terreno se tiene que llegar después de cuidadosas y prolongadas observaciones, a la conclusión de que, con ciertas limitaciones previas, deben aceptarse como zonas oficiales de tolerancia, las que actualmente existen consagradas por el uso, por ser ya conocidas y hasta aceptadas por el público como destinadas a tal objeto y con el mínimum de protestas.[3]

La Ciudad de México, por su extensión y falta de previsión, no tuvo una sola “zona de tolerancia”, sino varias, que crecieron de manera irregular en vecindades y barrios populares en los que convivieron el comercio de productos con el de cuerpos. Aunque, ciertamente, nunca se abandonó la idea de concentrar los burdeles en un sólo sitio. Dicha concentración no se logró porque las autoridades encontraron resistencia por parte de las dueñas o encargadas de las casas y de los vecinos o pobladores de las regiones “perjudicadas” por el traslado.

Sin embargo, en el caso de otras ciudades, el establecimiento de áreas delimitadas se logró, por lo menos en el papel, desde el momento en el que se adoptó el sistema reglamentarista. Este fue el caso de Reynosa, en el cual, la prostitución como negocio autorizado apareció en 1925. A partir de esa fecha empezó a funcionar la llamada “zona de tolerancia” al sureste de la población, misma que fue trasladada posteriormente (1948) hacia el poniente, presentando las características que ahora ilustra Maya Goded: cuartos específicamente destinados al ejercicio de la prostitución con una cama, un televisor o un pequeño altar, muy parecidos a las llamadas “accesorias” del siglo pasado; cuerpos en exhibición y venta, esperando la llegada de algún cliente al alejado distrito donde han sido marginados para “ocultar” de las miradas “decentes” su actividad; jóvenes solas o acompañadas, trabajando en ocasiones bajo la supervisión o “protección” de algún padrote.

[1] “Reglamento de la prostitución, 1865” AGN, Gobernación, leg. 1790 (1), caja 1, exp. 2, pág. 21
[2] El capítulo XI, titulado “Zonas de Tolerancia” del reglamento de prostitución estipulada en sus artículos, 56, 57 y 58 lo siguiente: “El Departamento de Salubridad oyendo el parecer del gobierno y de los ayuntamiento del Distrito, señalará las zonas en que deban establecerse las casas de asignación, de cita, hoteles autorizados, etc. El establecimiento de estas zonas estará sujeto a las prescripciones de la fracción II del art. 40 y podrá modificarse su ubicación a pedimento del Gobierno de Distrito y de los Ayuntamientos respectivos. Para el establecimiento de zonas nuevas se obtendrá por lo que respecta al orden público, la conformidad de las mismas autoridades”. “Reglamento para el ejercicio de la prostitución” en Diario Oficial de la Federación, 14 de abril de 1926.
[3] AHSS, Salubridad Pública, Inspección Antivenérea, expediente 10, caja 3. Las cursivas son mías.






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